Por Hugo Rangel Vargas

“Permítame llamar buen uso de los actos de rigor el que se ejerce con brusquedad, de una vez, y únicamente por la necesidad de proveer a la seguridad propia, sin continuarlos luego”; así describe el florentino Nicolas Maquiavelo, a la forma correcta de la que un príncipe puede llegar al poder por medio de maldades y lo que es quizá la debilidad que ha acusado el gobierno norteamericano encabezado por Donald Trump en su intentona de derrocar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela misma que puede derivar en la derrota más estrepitosa del primero en materia de política exterior.

Y es que el intervencionismo norteamericano ha encontrado una serie de dificultades, contratiempos y muestras de inexperiencia que le han impedido lograr su cometido en el país sudamericano. El primero de ellos es la improvisación del autoproclamado “Presidente Encargado”, Juan Guaidó, quien no ha logrado granjearse las simpatías entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, puntal estratégico de apoyo a Nicolás Maduro.

El discurso de Guaidó ha pasado de la promesa de llamar a elecciones en los 30 días posteriores a su autoproclamación, a la justificación de los errores estratégicos de la intervención norteamericana que le utiliza como punta de lanza; uno de los cuales ha sido la imposibilidad de que haya ingresado la llamada “ayuda humanitaria” el pasado 23 de febrero, evidente caballo de Troya al que seguramente se anclarían otras acciones de la intervención.

Respaldado por Trump y los aliados de los intereses norteamericanos, Juan Guaidó regresa a Venezuela en un último lance por hacer efectivas las acciones que desde finales de enero ha desplegado de forma más intensa en aquel país el gobierno norteamericano. El bloqueo y asedio permanente que los Estados Unidos han mantenido por años hacia el régimen bolivariano ha sido una guerra de largo aliento y de baja intensidad que poco a poco ha asfixiado a aquella nación y que hoy pretende coronarse con esta maniobra.

En las estimaciones de una posible intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela seguro es que hay cálculos de costos en contra del país norteamericano. La participación de potencias militares como Rusia y China, alimentan los riesgos de que una decisión de esta naturaleza derive en una confrontación de largo aliento en tierra, la cual podría tener los tintes de una persistente guerra de guerrillas.

Por otro lado, el reloj electoral ya entró en cuenta regresiva en Norteamérica y los bonos de Trump están a la baja, por lo que los costos económicos de una intervención militar en Venezuela podrían pasarle factura en una coyuntura en la que el mandatario ya ha pagado caro el cierre del gobierno y las estridencias discursivas del magnate parecen ir perdiendo efecto entre el electorado estadounidense.

Los márgenes se cierran en Venezuela para los objetivos del mandatario de la principal potencia del mundo. Conforme el reloj avanza se hace evidente el desgaste de Guaidó, se tensa un nuevo frente en la relación norteamericana con Rusia y China; y el clima electoral en los Estados Unidos magnifica los riesgos de cualquier determinación que tome Trump. Maduro, que se ha curtido en la resistencia, seguro es que calcula estas tendencias y las utiliza en su favor.

La guerra en Venezuela está ya en curso, pero los Estados Unidos debe tomar la decisión de replegarse o lanzarse a una última ofensiva; decisión sobre la cual el mismo Maquiavelo escribiría: “Sabían que la guerra no se evita, y que el diferirla redunda en provecho ajeno”.

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