Morelia, Mich; a. 21 de junio del 2026.-En la casa de Manuel Carrasco no se festeja el Día del Padre.
Para este joven de 28 años, la celebración carece de sentido. Le parece una ridiculez, porque en su familia la historia ha sido otra: su madre, sus tías y sus primas son mujeres que han sufrido a causa de maridos ausentes y de padres irresponsables.

En ese hogar, como en muchos otros, son las mujeres quienes sostienen todo. Son ellas quienes encabezan la familia, llevan a sus hijos a la escuela, los alimentan, trabajan para mantenerlos y los acompañan en cada etapa de la vida: desde el kínder hasta la universidad, o incluso en los momentos más difíciles, como una enfermedad grave o una hospitalización.

La figura paterna, en cambio, no aparece. Ni siquiera por error.
Manuel reconoce que su madre ha sido su padre y su madre al mismo tiempo. Del hombre que lo engendró no sabe nada. Nunca lo conoció y tampoco le interesa.
Historias similares abundan.

Ahí están sus primos, Héctor, Edgar y Alonso, quienes viven en Uruapan. Su padre los abandonó hace 12 años. Desde entonces, prácticamente no existe para ellos. No los busca, no los saluda y ni siquiera lo felicitan en fechas importantes.
Se alejó por conflictos con su madre, ya viven en Estados Unidos y tiene otra mujer.
“Ella siempre llevó los pantalones en la casa”, cuentan.
Recuerdan que su padre nunca tenía dinero. No podía —o no quería— comprarles ni una libreta, ni unos tenis, aunque fueran baratos.
Su respuesta siempre era la misma:
“No tengo, hijo. ¿Qué quieres que haga?”
Dicen que nunca les enseñó afecto ni cariño. Hoy creen que incluso ya formó otra familia.
“Pues que le vaya bien”, dicen con resignación.
En la calle donde viven Manuel y su hermana Juana, en una zona popular de Morelia, (Mariano Escobedo) se repite una realidad similar.
Las casas, pintadas de varios colores por programas gubernamentales del pasado, son viviendas dúplex pequeñas, pensadas para no más de tres personas, aunque en algunas llegan a vivir hasta ocho.
En una de ellas vive una anciana completamente sola.
Del marido, nadie sabe nada.
Dicen que la abandonó cuando ella tenía alrededor de 40 años.
Sí tuvo hijos, pero algunos apenas la visitan de vez en cuando. Ahí tampoco existe una figura paterna.
En la casa dúplex de arriba vive Mariana, una mujer de 54 años, de carácter fuerte, gritona y peleonera, según sus vecinos, pero admirable por su fortaleza.
Sacó adelante sola a sus tres hijos.
A uno de ellos lo asesinaron hace tres años en la zona de Torreón Nuevo.
El padre de sus hijos la abandonó hace más de 15 años.
“Yo no lo ocupo, no lo necesito”, dice con firmeza.
A una de sus hijas logró ayudarla para concluir la universidad. Otro de sus hijos decidió no continuar estudiando.
A un costado vive otra mujer con dos nietos.
También está sola.
Tiene una hija de quien poco se sabe. Nadie sabe exactamente en qué trabaja, aunque de vez en cuando aparece para visitarlas.
En esa casa tampoco hay padre.
Los vecinos cuentan que, durante años, las golpizas del hombre hacia la mujer eran evidentes.
Varias veces llamaron a la policía.
En una ocasión se lo llevaron.
Después, nadie volvió a verlo.
En otra vivienda dúplex habitan únicamente doña Rosa y su hija.
Tampoco hay esposo.
Tampoco hay padre, ni marido.
Los vecinos dicen que ambas fueron abandonadas por el hombre de la casa tras años de pleitos constantes y desobligaciones.
Él nunca trabajaba.
Ella sí.
La señora trabaja en una secundaria y, como dicen popularmente, “es quien saca la puerca al agua”.
La hija rara vez convive con los vecinos. Son reservadas y tranquilas.
Pero no todas las historias son iguales.
Frente a la casa de Manuel vive un hombre al que los vecinos sí consideran un buen padre.
Comparte su vida con una mujer mayor que él, quien ya tenía un hijo de una relación anterior.
El niño no es suyo biológicamente.
Pero eso parece no importar.
Se le ve cuidándolo, protegiéndolo y tratándolo con afecto genuino.
Muchas mañanas lo acompaña hasta el jardín de niños.
Su caso rompe con la constante de abandono en la zona.
Porque ser padre, al final, no siempre tiene que ver con engendrar.
A veces tiene más que ver con permanecer…