Por: Salvador Hurtado
El fútbol hizo algo que el gobierno y la política lleva años deshaciendo: nos puso del mismo lado de la emoción. No resolvió los problemas del país, no acabó con la violencia, no arregló la economía, no corrigió la desigualdad ni devolvió la confianza en las instituciones. Pero, la Selección Mexicana de futbol, logró algo que muchos discursos oficiales no han podido: que millones de personas se reconocieran en una misma esperanza. Sin olvidarnos de los problemas serios y graves de nuestro país, tuvimos semanas de alegría nacional. Motivos de festejo y razones para celebrar como una nación unida, algo que desde hace décadas no se sentía.
México vive demasiado fragmentado. Nos acostumbraron a mirar al otro como adversario, fifí, conservador, traidor, vendido, resentido, privilegiado, ignorante o enemigo del pueblo. La política, especialmente desde el poder, ha abusado de esa lógica: divide, etiqueta, señala y luego se sorprende de que la sociedad esté cansada, desconfiada y emocionalmente rota.
El seleccionado Nacional logró unir a todo el país, sirviendo como un punto de encuentro que superó diferencias políticas y sociales. Este sentimiento de identidad colectiva trascendió lo deportivo, convirtiendo los partidos del mundial en el Azteca en auténticos acontecimientos nacionales que llenaron de alegría y orgullo a todos los sectores de la población. Para ver cómo el fervor por el Tri logró congregar y emocionar a millones de aficionados en cada rincón del país:
El equipo Tricolor consiguió algo que parecía reservado para muy pocos acontecimientos: unir a los mexicanos por encima de cualquier diferencia política, económica o ideológica. Durante este Mundial desaparecieron, aunque fuera por unas semanas, las discusiones entre morenistas, panistas y priistas. En las calles, en los centros de trabajo, en las escuelas y en las redes sociales solo predomino una consigna: “¡Vamos México!” surgiendo la magistral –¿ Y si, si?-.
Las imágenes dieron la vuelta al país y al mundo. Caravanas de automóviles, familias ondeando la bandera nacional, abrazos entre desconocidos y plazas repletas confirmaron que la Selección volvió a despertar una ilusión colectiva. Por el deporte de las patadas a un balón, el sueño creció para que nuestra selección cuyo objetivo era avanzar de ronda, siempre juntos avanzar.
Sí, el Mundial 2026 logró unir a México de una forma sin precedentes. A pesar de las divisiones políticas o sociales previas, la justa mundialista y el emotivo paso de la Selección Mexicana generaron una “tregua social” en todo el país, llenando calles, plazas públicas y recintos con millones de aficionados celebrando juntos.
La fiesta no se limitó únicamente a los estadios, sino que se expandió por todo el territorio nacional. Desde lugares emblemáticos como el Ángel de la Independencia en la Ciudad de México, la Macro plaza en Monterey, la Glorieta Minerva en Guadalajara hasta las Tarascas de esta ciudad capital de Michoacán, la convivencia entre turistas extranjeros y familias mexicanas se tradujo en una celebración masiva de identidad nacional.
La frase resume cómo el futbol logro unir y dar esperanza a una sociedad quebrantada, algo que los discursos políticos frecuentemente no consiguen. Mientras que la política suele dividir a la población por etiquetas y diferencias, el fútbol ofreció un paréntesis de identidad compartida y emoción colectiva. A veces, el país necesita muy poco para recordar que todavía puede sentirse unido. Un gol, una jugada, una pantalla compartida, una familia viendo el partido en la sala, una calle llena de camisetas verdes, una mesa donde, por un rato, nadie pregunta por quién votaste. Y eso, en el México de hoy, no es menor. ¿ O NO?.








