Salvador Hurtado

Por: Salvador Hurtado

Querida Mamá. Cada día que pasa te descubro más y más, te comprendo crecidamente como no lo pude concebir antes. Cuando todo empezó, yo era demasiado pequeño, o muy joven, ¡pendejo pues!,  o estaba demasiado enamorado erróneamente de la vida… o inducido por el amor o según yo “por la falta de tiempo para ti”. Y en lugar de ver el miedo en tus ojos, me exasperé con tus quejas, perdóname por no comprender o por ser tan mentecato y vivir en la falacia de la primera juventud.

Yo en lugar de ver la incertidumbre en tus pasos: sólo quise demostrarte mi fuerza y mi capacidad de avanzar hacia mis sueños. Pero nunca te pregunté por tu fuerza y por tus sueños porque pensaba que tu sueño era yo. Ahora veo que vivir siendo un aprendiz de varón es mucho más complejo que soñar hijos que batallan también por los suyos.

A menudo me distanciaba de ti argumentando que yo me parecía más a mi padre: que tú no tenías fuerza, te rendías ante sus atropellos, no presentabas batalla, pues él hacia lo que le daba su regalada gana, arbitrario e irresponsable como lo fue. Y ahora veo que tu rendición fue por mí y me duele en el pecho, querida mamá, porque nunca lo vi. Porque nunca te la agradecí. Para mi eras sólo unos brazos que acunan.

Unos ojos que brillaban al mirarme con ese enamoramiento de las madres. Para mi tu amor era mi derecho de hijo, y lo exigía ciegamente. Y me enfadaba si no lo conseguía. Entonces creí que mi existencia, mis movimientos, mi realización eran suficientes para ti. Y no supe ver nada más en ti.

Luego cuando te hiciste madura estabas cada vez más enfadada y frustrada. Y yo no entendía por qué. Te volviste abrupta y difícil, y entretanto yo seguía buscando que me confortaras y que me acunaras en mis frustraciones y fracasos, no entendía tus consejos. No me di cuenta tampoco entonces de tu orfandad y de tu soledad.

No vi lo valiente que eras para vivir sin que nadie te acunara. ¡Cuánta incertidumbre, cuánto miedo, cuánta espera infructuosa ocultabas detrás de tu impenetrabilidad!. Y ahora que te has ido, mamá, cada día te descubro un poco más en mí. Desde al final del arco iris has podido observar que te lloro cada día sin aceptar o encubrir mi estupidez y terquedad y que a cada momento al ver mis hijos me veo en ellos y no me enfado, pues aun así fui peor.  

Ahora a veces sonrío al verte en mi reflejo en los escaparates, en mis párpados caídos o en mi pequeña soledad que apenas me da una idea vaga de lo que pudo ser la tuya.

Querida mamá: para no ser como tú, un día elegí no verte. No sé qué día fue, no sé cómo empezó todo… ni puedo hacer nada para volver allí y cambiarlo… y tampoco estoy nada seguro de que hacerlo mejorar aria tu vida sin destruir la mía. Así que he decidido aceptarlo todo, mamá, y tomar en mi corazón lo que pasó y reprocharme por todo lo que provoque en tu desconsolada vida, de lo que estoy seguro es de que me perdonas todas mis torpezas y ex abruptos.

Ahora he encontrado el camino para agradecerte todas esas carencias que te reclamaba injustamente, y a las que puedo agradecer mi impulso imparable al tratar de crear y avanzar. Ahora veo que tu fragilidad hizo que yo decidiera conectar con mi fuerza. ¡Qué gran regalo madre! ¿Quién lo habría hecho mejor?, simplemente ¡Nadie!.

Y ahora he encontrado el camino para agradecerte tu miedo, porque al verlo en ti decidí transformarme en temerario y atravesar el mío como quien cruza descalzo un faldón de brasas encendidas.

¿Cómo habría encontrado yo el camino hacia la ayuda si tú no me hubieras mostrado la resonancia de la orfandad y de la incertidumbre?.  Ahora por fin puedo ver que pusiste tu vida al servicio de lo que yo necesitaba aprender.

Mamá querida:

Da igual si te digo que esta comprensión pudo ocurrir antes y habría sido mejor para los dos. Me he vuelto un adicto a la realidad tal como es, y creo que ahora para nosotros sólo queda este punto de partida. Entonces ahora por fin puedo tomarte en mi alma, y honrar todo lo que hiciste para que yo pudiera aprender a caminar.

Ahora ya puedo ver que fuiste exactamente la madre que necesitaba. De ningún modo podrías haber sido mejor, ahora me doy cuenta. Gracias por todo lo que hiciste por mí.

Gracias mamá, por la vida que me has dado y por hacer que evitara los caminos torcidos que me conducían al precipicio.