Por: Salvador Hurtado

LOS PRIETOS

El aspirante independiente a la candidatura presidencial, Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco”, fue el que rebautizó al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), como “PRIeta”, no como dicen comunicadores tendenciosos que simpatizan con el “Peje” (Andrés Manuel López Obrador), quienes señalan al dirigente del Revolucionario Institucional, pues esto le ha traído diversos cuestionamientos por repetir la misma frase. Por ello, el precandidato Meade consideró que Ochoa Reza hizo bien al reconocer su traspié y disculparse.

“Ya le cambié el nombre -afirmó el bronco-, se llama “PRIeta”, se llenó de priístas de los que él atacaba -refiriéndose a Lopez Obrador- espero que no se me enojé, pero su partido hoy es PRIeta en lugar de Morena”, asentó.

Durante su participación de hace tiempo en la XII Cumbre Mundial de Comunicación Política también afirmó que no busca hacer una precampaña que hable mal de los demás candidatos, ni una donde se hable maravillas de su persona.

“Yo no quiero ser santo dijo Rodriguez Calderón, ese puesto se lo dejo a Andrés Manuel, yo quiero seguir siendo diablo”, sentenció.

Creemos, se hace un exageración al censurar a Enrique Ochoa dirigente del PRI, puesto que los otros precandidatos han sido no sólo ofensivos, sino rijosos y groseros, entonces pues los calificativos en forma por demás ocurrente es lo que menos importa, las propuestas son las que deben de ser valoradas y no este tipo de expresiones que en México han sido el pan nuestro de cada día. Para muestra un botón.

Y es que por ejemplo ningún ministro evangélico ha protestado por esta frase que aparece en las redes: Si hablar con los Testigos de Jehová es complicado, inténtelo con un fanático de López Obrador y verá cómo le va.

Por ejemplo, hace 100 años una broma popular en México decía que, cuando Porfirio Díaz llegó al cielo, Dios no se levantó a recibirlo por miedo a que ocupara su trono y ello no molesto al clero, ni a las beatas. Y a otro ex presidente le decían “El Té de Manzanilla”, porque a todos cae bien pero no sirve para nada (sin molestarse los botánicos o los llamados hierberos).

Son ejemplos de la forma como los mexicanos se han relacionado con el poder político a lo largo de su historia, y que es recopilada por estudiosos.

Ojee también: México tiene un diccionario ¡muy chido!

Se trata de contar la historia a partir de lo que los ciudadanos pensaban realmente de sus gobernantes, y que en México suele expresarse a través del humor.

“Se quita lo formal al poder y aparece lo que piensa la gente. El inconsciente colectivo se encuentra a través del chiste”.

Lágrimas y risas

Los mexicanos han aprendido a reírse de sí mismos, y con ello también llorar de una parte de su vida cotidiana.

Una costumbre que viene de la época prehispánica, y que según cuentistas es una forma de lidiar con los problemas.

Se quita lo formal al poder y aparece lo que piensa la gente. El inconsciente colectivo se encuentra a través de él.

De tragedias como el sismo de 1985 que devastó a una parte de Ciudad de México surgieron decenas de chistes, y lo mismo ocurrió con los asesinatos de candidatos presidenciales.

Por ejemplo, de Álvaro Obregón –quien pretendía ser electo presidente por segunda vez- muchos preguntaban, en broma, quién era el responsable de su asesinato, ocurrido en 1928.

La respuesta común era “Cállese”, una forma de señalar al entonces presidente Plutarco del magnicidio.

Rumores

Y es que en la política el humor ha encontrado terreno fértil, sobre todo con los presidentes que surgieron tras la Revolución de 1910.

Durante varias décadas no hubo oposición en el Congreso ni tampoco se elegían gobernadores en realidad no existía. Los alcaldes de grupos políticos distintos eran contados.

El gobierno solía tener un control estricto de los medios de comunicación. En ese marco el humor se convirtió en forma popular de criticar al poder.

Cada chiste es un registro emocional de la sociedad que lo comparte, pero también es una especie de venganza verbal. Del rumor nadie se salva, sobre todo en temas como la sexualidad o la estupidez, dicen escritores.

“Entender la política mexicana desde la solemnidad es un gran error, porque tiene una parte humorística. Y eso lo saben los políticos”, explican.

“López paseos”

En el fondo añejas publicaciones proponen una nueva interpretación del humor como fuente histórica, a partir de su relación con el inconsciente colectivo.

Aunque contiene algunos datos de la Colonia y la época posterior a la independencia, la mayor parte del trabajo se concentra en el siglo XX y los llamados gobiernos revolucionarios.

Es una época en que abundaron las bromas a costa de los presidentes. Casi todos tenían un apodo o una anécdota con el que los mexicanos solían ubicarlos.

Por ejemplo, de Álvaro Obregón, que era manco, se decía que fue el presidente más honrado porque sólo tenía una mano para apropiarse del presupuesto.

A Adolfo López Mateos, que gobernó entre 1958 y 1964 le decían “López paseos”, por la gran cantidad de viajes que realizó.

El uso de los chistes como una forma de entender la política es un rasgo típico en este país, pero se insiste: el texto no busca repetir los arquetipos que se han fincado de los mexicanos.